a.m.d.g.

a.m.d.g.

martes, 9 de octubre de 2012

CONTEMPLACIÓN IGNACIANA


El término contemplación proviene de la palabra latina “cumtemplum”, con la cual se designaba el espacio sagrado en el que los sacerdotes paganos interpretaban los presagios y proferían los augurios. En el sentido fuerte del término, indica más un estado de receptividad que de actividad - ésta, vimos, que era propia de la meditación, en la que uno queda absorbida por lo que mira o ve.
En la tradición cristiana “contemplación” significa una visión anticipada de la gloria de Dios, y está profundamente unida a la fruición expresa de la consolación, sobre todo en su aspecto de “iluminación del entendimiento”. La teología espiritual ha tenido, por eso, buen cuidado de distinguir entre la “contemplación infusa y pasiva”, que constituye un don totalmente gratuito de Dios, y la “contemplación adquirida”, resultado de un esfuerzo personal bendecido por Dios y, por tanto, más relacionado con una “meditación”, porque tiene un fuerte componente de elucubración especulativa (como “noticia amorosa” definirá la contemplación S. Juan de la Cruz).
La contemplación es una forma de orar que ayuda a entrar de una manera intuitiva e imaginativa en un determinado texto. Es una manera muy apropiada para conocer por dentro lo que se quiere contemplar. Es una oración más simplificada, “pasiva” ante la acción divina, dejando que Dios haga.
El método implica menos reflexión que la meditación. Pone en juego la imaginación para asegurar el sentimiento de presencia del Evangelio. La fuerza simbólica de la imagen "confiere al que contempla capacidad para transformarse en evangelio”, para sentir en la escena evangélica el "misterio" de Cristo...
San Ignacio invita sucesivamente a “ver las personas”, a “mirar, observar y contemplar lo que dicen”, a “mirar y considerar lo que hacen” [114-116]. Pero lo más importante es captar el sentido de los consejos que se nos dan. Tienen como fin el conseguir que pasemos, a través de lo visible, a la realidad invisible, que sintamos “la profundidad silenciosa” de los sucesos que relata el Evangelio.
La contemplación se adecua bien a la imagen del espejo: el espejo, ya limpio, puede recibir los rayos del sol que contempla. Tal imagen es rica y tiene diversos significados. El proceso de transformación interior consiste tanto en dejar pasar a través de uno mismo la presencia de Dios como en reflejar en uno mismo la imagen de Dios.
De ahí el sentido de la palabra reflectir: (no es reflexionar, o “volverse sobre uno mismo”). Se trata de acoger el “reflejo” que la contemplación ha dejado en el corazón del ejercitante, profundizando en la contemplación.
El método implica menos reflexión que la meditación. Pone en juego la imaginación para asegurar el sentimiento de presencia del Evangelio. La fuerza simbólica de la imagen "confiere al que contempla capacidad para transformarse en evangelio”, para sentir en la escena evangélica el "misterio" de Cristo...
“Reflectir en sí mismo” quiere expresar, en los Ejercicios, la refracción en mi propia existencia del misterio contemplado, de un modo semejante a como se refleja en nuestro rostro una buena noticia o un infortunio recibido.
El centro de la contemplación ignaciana es la humanidad de Jesús, los misterios de la vida de Cristo, su persona llena de detalles sensiblemente perceptibles, que le hacen cercano y asequible al que contempla, hasta el punto de “dejarse afectar” por Él. Es “el Señor que por mí se ha hecho hombre (es decir, comunicable), para que más le ame y le siga [104], el que puede ser contemplado ahora, de una manera más sencilla, “así nuevamente encarnado” [109]. Se trata simplemente de dar preferencia al “ver” sobre el “escuchar” y basta este cambio para simplificar y des-intelectualizar la “contemplación”.
El “ver las personas, oír lo que hablan y mirar lo que hacen”, va directamente dirigido a vivir interior y afectuosamente la “escena”, a situarse ante la realidad completa (“las personas… en tanta diversidad”, “el camino”, “las sinagogas, villas y castillos por donde Cristo nuestro Señor predicaba…”). Se trata que todo el ser humano se ponga a sí mismo viendo, se deje introducir “afectándose” en la “escena”, y permita que Dios le interpele desde el “acontecimiento”. Entonces Dios tiene la iniciativa y el hombre y la mujer callan.
La contemplación de Cristo en los Ejercicios tiene dos polos: el Cristo pobre y humilde, en quien se contempla conjuntamente su naturaleza humana y divina; y el ejercitante, que a medida que va contemplando el modelo, se va configurando a su imagen, vaciándose de sí mismo; y configurándose a ella por medio de la pobreza y de la humildad, va percibiendo cada vez más la divinidad oculta en la humanidad de Jesús.
Que San Ignacio llame misterios a los pasajes evangélicos que propone contemplar refuerza la pertinencia de considerar a sus Ejercicios como una mistagogía: éstos nos van a introducir en el misterio de Cristo
Jesús. Mysterion significa literalmente “lo que está oculto”. Ignacio debió experimentar por sí mismo que los pasajes evangélicos tenían “repliegues  secretos”, y que a medida en que se iba entregando, se le iban abriendo significados nuevos. En cuanto que inalcanzables, los pasajes del
Evangelio fueron para él misterios, como para todos los místicos. El correlato al misterio es la contemplación.
La expresión de Ignacio “sacar algún provecho de cada cosa de éstas” [108], no es más que la seguridad del que ha tomado el sol y sabe que en su piel han quedado los efectos. Es también un eco de la parábola de Jesús que aparece en Mc. 4, 26-29: “un hombre siembra una semilla en la tierra; él duerme de noche y se levanta por la mañana y la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo”. Este talante de saber convivir con la sorpresa, de saberse incapaz de controlar la propia virtualidad de la semilla, pero también saber esperarla y agradecerla, es algo esencial y específico de la “contemplación”.

JOSÉ DOMINGO CUESTA, SJ
REVISTA DIAKONIA N° 119, SEPTIEMBRE 2006


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada